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Carlos Gherardi

Eutanasia. Propuesta para una definición restrictiva

Capítulo del Libro «Bioética y Derechos Humanos» de la Revista Jurídica Argentina, coordinado por Salvador Bergel. 2006. Págs. 209-223 Lexis-Nexis Abeledo Perrot

Lunes 20 de marzo de 2006, por Universidad de Buenos Aires - Programa de Bioética del Hospital de Clínicas

Los avances de la medicina en el área tecnológica respecto de la aplicación de métodos de soporte vital en el paciente crítico y las modificaciones culturales que se han operado en la sociedad contemporánea con relación al derecho de los pacientes a decidir sobre el final de sus vidas, hacen imprescindible disponer de una definición de eutanasia que atienda la vigencia de este nuevo escenario.

Carlos Gherardi

Antecedentes y examen del problema

No resulta temerario afirmar que la bioética, como espacio multidisciplinario y transversal que debe examinar los innumerables conflictos morales que se plantean en las ciencias de la vida, ha permitido inexplicable y hasta imprudentemente que todavía hoy pueda catalogarse como eutanasia a situaciones muy distintas y antagónicas. Y más allá de cierta liviandad en considerar este problema como un supuesto que se reduce a una falta de acuerdo en la terminología, se ha efectuado un esfuerzo enorme en exhaustivas discusiones sobre la moralidad de ciertas acciones u omisiones vinculadas a la muerte, y en pormenorizados exámenes sobre el derecho a morir desde una perspectiva jurídica, con una absoluta independencia e ignorancia sobre los hechos que la tecnología (soporte vital) aplicada a la medicina asistencial ha generado en el paciente grave.

Desde una visión académica del problema esta permisividad es incorrecta por definición y aleja la discusión de la realidad que existe, muy a pesar de quienes la ignoran, y es dañina para la sociedad porque ante situaciones concretas que adquieren notoriedad pública como el cercano caso de Terri Schiavo (1), acerca del retiro de un soporte vital, se pierde y confunde el eje real del debate que el conflicto suscita en cada situación.

La interpretación exclusivamente etimológica proveniente del griego, donde el prefijo eu que significa bueno y el sustantivo thánatos que equivale a muerte, debe ser abandonada totalmente porque la sugerencia de “buena muerte” o “muerte suave” está muy lejos de aclarar las múltiples situaciones que se encontrarían comprendidas en esta sencilla expresión. Sin duda que muchas circunstancias históricas, como la antigua significación de la eutanasia en la época griega y romana o la todavía reciente experiencia genocida del nazismo y la muerte intencional por razones eugenésicas, impregna a la palabra de una evocación descalificatoria y homicida, no debiera estimularse su uso para cualquier situación vinculada a la producción de la muerte en el final de la vida.

La intención de este trabajo no es repasar todas las alternativas históricas por las que ha pasado la interpretación del término ni tampoco examinar los exhaustivos análisis efectuados para justificar las múltiples clasificaciones y subclasificaciones que se han propuesto (2)(3)(4)(5), sino examinar críticamente una vez más cual debiera ser el significado actual de la eutanasia en relación a situaciones vinculadas con el uso del soporte vital en el paciente crítico, cuya abstención o suspensión tienen una influencia decisiva y generalmente cercana en la determinación de la muerte (6).

La muerte natural ha quedado reducida hoy a las situaciones de muerte súbita o accidental por eventos agudos o traumáticos y ha sido reemplazada mayoritariamente por la llamada muerte hospitalaria o vinculada en algún momento de la evolución de la enfermedad grave a la participación de alguna modalidad de tecnología médica. La muerte intervenida que sobreviene por las acciones omitidas o retiradas sobre el soporte vital para permitir la detención cardiocirculatoria y la muerte encefálica que sobrevino como resultado de un diagnóstico convenido en presencia de determinadas circunstancias clínicas, son los paradigmas actuales de la muerte en la sociedad contemporánea.

El debate sobre la eutanasia, como expresión máxima de la vigencia de los derechos personales de morir y de vivir, comienza ya a fines del siglo XIX, continúa en toda la primera mitad del Siglo XX y se acentúa en los últimos cincuenta años cuando se asiste a la instalación plena de la tecnología del soporte vital en la medicina (7). Actualmente, y en el marco del ejercicio del principio de autonomía de los pacientes, todo se ha potenciado por su legalización en dos países europeos (Holanda y Bélgica) con una definición restrictiva que ya hemos oportunamente propuesto (6) y que nuevamente analizamos en este trabajo. También tiene su importancia en estas décadas recientes el incesante aumento en la disponibilidad de procedimientos invasivos que pueden considerarse superfluos y conducir a una muerte con sufrimiento, aislamiento y desfiguración.

En efecto, como la muerte es el objetivo central de la práctica eutanásica y también la muerte es un evento probable en el paciente crítico, que no es ajena a las decisiones médicas habituales en este ámbito, resulta razonable y hasta imprescindible desarrollar una propuesta actualizada sobre la definición de eutanasia que tenga en cuenta las modalidades asistenciales actuales. A esta altura del avance tecnológico y de la medicina crítica no resultan aplicables a estos casos, conceptos que se repiten desde hace decenios o el análisis de situaciones abstractas que se encuentran alejadas de la práctica médica. Tampoco todo debe reducirse a una interesante discusión semántica que ignore el estado actual de las acciones médicas que interesan al paciente crítico sin debatir la razonabilidad de seguir sosteniendo la existencia de formas eutanásicas pasivas o por omisión cuando estas acciones están en relación con el manejo de los procedimientos de soporte vital y la utilización de los métodos de reanimación o directamente con el rechazo al tratamiento (8).

La eutanasia debe examinarse hoy como una realidad, aplicable o no, en situaciones ciertas y comprobables y no simplemente como un ejercicio teórico ajeno a las circunstancias y contingencias que ocurren cotidianamente. No es un problema de preciosismo lingüístico sino de claridad conceptual en las definiciones.

Es importante aclarar que no se trata de examinar aquí el marco legal para la aplicación de ninguna práctica eutanásica ni tampoco efectuar una indagación moral de su pertinencia, sino de separar esta acción de muchas otras que pertenecen a la práctica cotidiana de la medicina de este tiempo y que debemos evaluar en todos sus alcances.

Si en lo que resulta la tesis de esta propuesta, a conductas y situaciones muy distintas debieran corresponderles nombres también distintos, trataremos de delimitar con precisión que debería entenderse hoy por eutanasia (6). Reducir a un mínimo la ambigüedad en las definiciones y no perder el contacto que la realidad asistencial nos ofrece permitirá entonces en otro tiempo ulterior discutir el encuadre legal posible de cada situación, si esto fuera necesario. La importancia de disponer de una definición, en este caso muy restrictiva, es obligatoria en la mayoría de los países en los que, como el nuestro, todas las decisiones que pueden tomarse en el marco del final de la vida quedan comprendidas dentro del significado de una palabra equívoca y confusa.

Elementos primarios para una definición

Proponemos plantear el análisis del tema a través del examen de los componentes que debiera tener una definición de eutanasia a partir de una propuesta que puede ser considerada bien restrictiva (9): la eutanasia significa básicamente la provocación de la muerte, efectuada por un tercero, de un paciente portador de una enfermedad seguramente mortal, a su requerimiento y en su propio beneficio. Dentro de ella deben analizarse cuatro elementos: (i) La muerte es provocada por un tercero, (ii) La presencia de una enfermedad mortal, (iii) la muerte provocada debe ser en su propio beneficio, (iv) El paciente debe solicitar que se le provoque la muerte.

La muerte es provocada por un tercero.

La aparición de una tercera persona, generalmente un trabajador de la salud y frecuentemente un médico, que provoca la muerte distingue a la eutanasia del suicidio y en especial del suicidio asistido por el médico (legalmente autorizada actualmente en el Estado de Oregon en EEUU) en el que éste último pone al alcance del paciente el mecanismo o la droga necesaria para provocar la muerte que es finalmente decidida e instrumentada por el paciente en la oportunidad elegida por él mismo (4) (10).

La presencia de una enfermedad mortal.

La existencia obligatoria en el paciente de una enfermedad que acarree la muerte próxima permite distinguir primariamente a la eutanasia del homicidio. La proximidad de la muerte, con toda la carga de sufrimiento físico y psíquico que ello presupone, es necesariamente medida por el paciente pudiendo contarse en horas o días en los casos agónicos o moribundos y en semanas o meses en los que suelen ser denominados como terminales.

La terminalidad es una condición evolutiva muy difícil de determinar con precisión aunque es cierto que se instala cuando la expectativa de muerte, como consecuencia directa de la enfermedad, aparece en la mente del médico, de la familia y del paciente.

Existe también una categoría de pacientes llamados sin esperanza (hopelessly ill) que, aunque pudiendo vivir períodos muy prolongados (por ejemplo con enfermedades neurológicas severamente invalidantes que a veces requieren métodos de soporte vital), conllevan una carga de sufrimiento cuya insoportabilidad puede conducir, en algún momento, a la solicitud de eutanasia o suicido asistido.

La muerte deberá efectuarse en propio beneficio del paciente. Esto implica que deberá ser efectuada teniendo en cuenta su mejor interés. El mejor interés del paciente significa evitar un deterioro de la calidad de vida o un sufrimiento que no se desea soportar. Este elemento no puede ser objetivado por cuanto el bienestar depende exclusivamente de la valoración subjetiva del paciente en el momento en que transita determinada situación vital. No existen respuestas iguales en dos pacientes ante circunstancias aparentemente similares. Además, la importancia conceptual de este punto radica históricamente en excluir el presunto beneficio de terceros como lo fue la “raza superior” en el genocidio nazi, circunstancia que no obstante es ajena a la situación que examinamos desde que la voluntariedad explícita se exige aquí como condición indispensable para que exista eutanasia. También existe un supuesto posible que debe examinarse y es aquel en que la percepción del paciente sobre “su” beneficio no se ajuste a la realidad claramente objetivable porque es víctima de una severa depresión o porque alguna situación emocional perturbe el examen racional de los hechos. En este punto no se trata de que un tercero imponga al paciente su propia concepción sobre una situación individual que claramente parezca errónea, sino por la imposibilidad del paciente de determinar cuál es su propio beneficio ante la existencia de una dificultad, quizá transitoria, en la evaluación de los hechos.

El paciente debe requerir su muerte.

Sobre la exigencia de los primeros tres elementos ya citados que integran esta definición que analizamos, existe acuerdo casi unánime y son los que analizan el escenario (existencia de una enfermedad letal), los actores (el paciente y el trabajador de la salud) y el interés del acto (el beneficio del paciente). Pero esto no ocurre con el cuarto, que examinamos aquí y que se refiere a la voluntariedad explícita o pedido expreso del paciente, y por el que se establece desde ya una división y separación tajante, que nos coloca en una situación absoluta e irreversiblemente distinta de aquella que no exige la presencia perentoria de esta petición.

El requerimiento del paciente resulta un dato fundamental que legitima la expresión de su voluntad autónoma en el ejercicio máximo de su derecho a morir (7) (9). La competencia del paciente debiera ser presumida siempre debiendo probar su inexistencia quien la niegue. Solamente podría considerarse posible obviar este requerimiento en casos de pacientes incompetentes (en estado de coma) o en discapacitados mentales y niños aunque en estas dos últimas situaciones debiera considerarse si esta decisión puede ser transferida a los representantes o si existiere alguna directiva anticipada. En este sentido, la palabra involuntaria o no voluntaria, corrientemente usada en muchas clasificaciones (2)(3)(4)(5), no debería calificar a la eutanasia propiamente dicha por que no respetaría una condición esencial de su definición que es la voluntariedad explícita. La calificación como eutanasia de actos ajenos a la autonomía de los pacientes es hija de la historia de prácticas usuales en pueblos y civilizaciones antiguas que son extrañas a nuestras concepciones de hoy (4) (11).

También debemos mencionar que el Papa Juan Pablo II en su Encíclica Evangelium Vitae de 1995 condena a la eutanasia pero la define “en un sentido verdadero y propio como una acción u omisión, que por su naturaleza y en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor.”(12).Y repite ya lo enunciado por el Vaticano en 1980 que dice “La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados”. La no inclusión de la expresa petición y consentimiento del paciente desnaturaliza el concepto e ignora el punto esencial que es la solicitud explícita del paciente, eje central de la definición general que se pretende acordar. A partir de aquí y de constituir este documento el inicio de una postura sobre la “cultura de la vida” versus “la cultura de la muerte” se generan otra serie de cuestiones y consecuencias que exceden los límites de este trabajo (12). Así las cosas, muchas de estas situaciones en que no se cuenta con la solicitud del paciente por que no tiene competencia para decidir (involuntaria) o porque no se lo consulta pudiendo hacerlo (no voluntaria) estarían comprendidas dentro del homicidio, piadoso o misericordioso, contemplado en algunas legislaciones, pero cuyo análisis es ajeno a nuestro propósito (10).

Se ha propuesto admitir como equivalente a la solicitud del paciente su consentimiento cuando éste pueda ser de algún modo verificado, circunstancia que estimamos sería muy difícil de asegurar (9). El requerimiento exige una conducta activa y en cambio un consentimiento expresa una aceptación pasiva. Un caso complejo de difícil resolución sería aquel en el que, contando con una directiva anticipada, pudiera no ser consultado el paciente en el momento de los hechos pudiendo hacerlo. Pareciera razonable que todos estos casos en que no se cuente con la voluntad libremente expresada por el paciente en el momento de los hechos fueran excluidos de la definición propuesta de eutanasia.

Finalmente, y vale decirlo una vez mas, el requerimiento del paciente separa totalmente la eutanasia, de la concepción vigente en la antigüedad y del exterminio de cientos de miles de personas con padecimientos físicos y psíquicos que se efectuaron en el marco del holocausto de la Segunda Guerra Mundial que solo pueden ser considerado como un asesinato colectivo y masivo (6).

La provocación de la muerte y cómo se produce

La provocación de la muerte a través de un acto o una conducta que puede resultar, según la mayoría de las definiciones, de una acción (por comisión) o de una omisión deliberada instala el debate, a nuestro juicio central, sobre las llamadas formas activas o pasivas de la eutanasia. Queda por acordar cual es el “procedimiento”, “el acto” o “la conducta” por el que se materializa la eutanasia misma, ya que lo examinado hasta aquí sólo son los presupuestos y condicionantes esenciales para que aquella se establezca y la muerte se produzca. Este elemento sería el quinto que debiera sumar a los cuatro anteriores ya analizados para completar la definición que se propone.

Si el objetivo central de la eutanasia es la provocación acordada de la muerte el procedimiento elegido debiera cumplir obligatoriamente una condición esencial: ser absolutamente seguro en cuanto a que su aplicación producirá el resultado esperado en un tiempo mínimo y sin provocar sufrimiento. Asimismo, la determinación de la muerte no debiera estar primaria ni secundariamente relacionada con la enfermedad por cuanto la naturaleza de ésta (que sea mortal) es una condición que se acopla a aquellas que pueden eventualmente justificar de manera moral la solicitud de la muerte, pero que debe ser ajena a su propia determinación. Estas dos condiciones que debieran existir en la producción de la muerte, seguridad e independencia de la enfermedad, solo pueden ser proporcionadas por un procedimiento que fuera igualmente efectivo en cualquier persona, aun en pleno estado de salud. El acto seguro de provocar la muerte (matar) sólo es posible en el ámbito médico si se administra un veneno o una droga en dosis tóxica mortal (6).

A la propuesta de definición restrictiva, cuyos primeros cuatro componentes ya se analizaron, debería entonces agregarse un quinto elemento constitutivo que efectuara una consideración explícita sobre el carácter del procedimiento que provoca la muerte. Así la eutanasia significaría básicamente provocar la muerte de un paciente portador de una enfermedad mortal, a su requerimiento y en su propio beneficio, por medio de la administración de un tóxico o veneno en dosis mortal (6). El análisis de este punto, que atiende al modo de producción de la muerte, resulta la clave fundamental de la definición propuesta que incluye sólo a las formas de eutanasia tradicionalmente llamadas activas, directas y voluntarias. Debe explorarse entonces cual es la relación entre esta definición de eutanasia que proponemos con las llamadas formas pasivas e indirectas que aún se consideran incluidas dentro de una definición de eutanasia (en sentido amplio o incluyente) por la mayoría de los autores, fundamentalmente en la bibliografía no médica (2)(3)(4)(5)(10)(11). Hasta en la Encíclica más reciente sobre estos temas, ya citada, la Iglesia Católica también reconoce la existencia de la omisión como causa de eutanasia (12).

El carácter de la “omisión” y el cuestionamiento de las “formas pasivas”

La admisión de la existencia de formas pasivas de eutanasia homologa las omisiones con las acciones que provocarían las formas llamadas activas, e incluso dentro de ellas se plantea también la existencia de las variantes voluntaria, involuntaria y no voluntaria (5). Trataremos de fundamentar por qué creemos inconveniente y objetable agrupar bajo este nombre de formas pasivas situaciones muy disímiles que se presentan en la práctica médica y en consecuencia por qué resulta equívoco el uso de una denominación común para situaciones conceptualmente tan diferentes (9)(11) (13).

La no utilización de cualquier medio de atención médica disponible o el retiro de los mismos una vez aplicados por expreso pedido del paciente es un claro ejemplo de lo hoy conocemos como derecho al rechazo del tratamiento aconsejado. Esto es así en los pacientes crónicos o agudos y representa el ejercicio pleno de la autonomía del paciente.

Aun cuando como resultado de esta actitud, que puede ser solicitada también por pacientes no portadores de una enfermedad mortal, se produjera la muerte, la denominación de eutanasia (en este caso mal llamada pasiva y voluntaria) no cumpliría los requisitos que hemos identificado como centrales y que justificaran una denominación común (no habría en este caso una enfermedad mortal ni la solicitud explícita y segura de la muerte). Si la actitud fuera involuntaria o no voluntaria estaríamos claramente frente a un caso de abandono de persona o de homicidio culposo o doloso, circunstancias ambas que tienen que ver con una valoración jurídico-penal (6).

La aceptación de este debate dicotómico sobre eutanasia activa y/o pasiva y el análisis comparativo entre las acciones y las omisiones ha conducido desde el pensamiento filosófico a la evaluación moral de matar y dejar morir (6). Toda una línea argumental llega a considerar que si la muerte provocada no constituye en sí misma un daño moral, no importaría demasiado la consideración del medio por el cual se llega a ella, por lo que Rachels (13) y otros (9) sostienen la irrelevancia de la distinción entre eutanasia activa y pasiva y creen incluso en la existencia de un mayor fundamento moral para las formas activas (9) (13).

Para aportar una visión anclada en la praxis médica destinada a demostrar los problemas que surgen en calificar como eutanasia cualquier conducta que culmine con la muerte o que eventualmente la determine en ciertas circunstancias, resulta imprescindible examinar los casos clínicos descriptos por Rachels (13) y en nuestro medio por Farrell (9) para fundamentar sus propuestas.

El caso clínico del bebé nacido con síndrome de Down que sufre una obstrucción intestinal por una alteración congénita y la negativa de los padres para realizar la intervención quirúrgica en virtud de su condición mental y no por la naturaleza de la afección digestiva es tomado como un ejemplo de presunta eutanasia pasiva y a este respecto luego de transcribir la descripción dramática del sufrimiento del niño que no es operado, tomado de una descripción periodística del New York Times Magazine, el autor expresa “la doctrina afirma que puede permitirse que la deshidratación y la infección consuman a un ser pequeño, pero que no pueda administrársele una inyección que pondría fin a su vida sin sufrimiento parece obviamente tan cruel que no requiere ninguna otra refutación” (13). Sobre este mismo caso el otro autor citado dice “ninguna de mis intuiciones morales me indica que es mejor dejar morir deshidratado a un niño, proceso que puede durar más de una semana, en lugar de aplicarle inmediatamente una inyección letal” (9).

El caso descripto en que los dos filósofos se apoyan para equiparar moralmente a las formas activas y pasivas de eutanasia, y eventualmente encontrar mayor fundamente moral para la primera, no corresponde verdaderamente a una forma de eutanasia pasiva sino a un caso de rechazo al tratamiento (en este caso por decisión de terceros- los padres- en relación con la calidad de vida preexistente del paciente y no por la patología que exigiría una acción médica concreta y curativa). Mas allá del impacto anecdótico emocional de la descripción y de no constituir un ejemplo válido a efectos de evaluar la moralidad de actos presuntamente referidos a eutanasia, lo importante es aclarar que en ambas situaciones (aplicación de una inyección letal o abandono) se están considerando acciones que podrían catalogarse como homicidio (piadoso o no) y no como ninguna forma de eutanasia (6).

Otro caso clínico se refiere a que la “aplicación de una inyección letal de morfina a un paciente con cáncer de último grado revela la aceptable preocupación de evitarle al moribundo una lenta y dolorosa agonía. Suspender el tratamiento curativo y dejarlo morir, en un proceso que puede durar días, significa contemplar su lenta y dolorosa agonía. No cuesta encontrar fundamento moral para la primera actitud, pero sí la para segunda” (9). Constituye un error muy importante hablar de la suspensión de un tratamiento curativo (el paciente tiene un cáncer incurable) y la introducción de la expresión “dejarlo morir... y contemplar su lenta y dolorosa agonía”, como alternativa a una inyección letal de morfina, resulta muy efectista pero no cierta, porque efectúa equivocadamente una comparación entre dos actitudes opcionales (una u otra) e ignora la existencia de toda la medicina paliativa (6).

En el segundo caso ya se introduce la expresión dejar morir que se opondrá a la de matar y cuya valoración moral conduce hasta el examen del estatuto ontológico de las acciones y las omisiones. Aunque naturalmente no nos permitiremos la imprudencia de introducirnos en la discusión filosófica, nos referiremos al ejemplo comparativo que presenta el mismo Rachels en su trabajo (13).

En el ejemplo de Smith y Jones se comparan dos situaciones supuestas. Uno de ambos personajes, primos en esta historia, heredará una fortuna si ocurre la muerte del otro. En una primera situación Smith ahoga a Jones (un niño de seis años) en la bañera para heredar y todo se arregla para que la muerte parezca accidental. En la segunda Jones planea el ahogamiento de Smith (que ahora es el niño) escondiéndose en el baño pero al advertir que el niño se golpea mientras se baña aprovecha la situación para no socorrerlo y permite su muerte. El autor no encuentra diferencia moral entre la acción y la omisión que se traduce en el ejemplo entre matar y dejar morir, y esta ausencia de relevancia extrapolada a la medicina le permite concluir la ausencia de diferencia moral entre la eutanasia activa y pasiva y en cambio efectúa consideraciones respecto de cuestiones culturales y legales no vinculadas con la realidad de la salud y la enfermedad (6).

En el análisis del ejemplo de Smith y Jones no podemos encontrar un argumento que permita efectuar ninguna analogía con el acto médico porque en esa situación existe un elemento diferencial muy importante que es el beneficio directo de un actor por la muerte del otro (y no ya la producción de la muerte en beneficio del propio paciente), lo que finalmente impulsa al acto, y en cambio no existe la entidad enfermedad que es la que podría provocar la muerte en alguna de las situaciones (acción u omisión). No alcanzamos a observar cuál es el sentido de este análisis filosófico abstracto para su aplicación a la situación concreta de la eutanasia, cuando el supuesto es justamente ignorar voluntariamente el núcleo central del problema: la existencia cierta de una enfermedad letal e irreversible que provocará irremediablemente la muerte y la relación entre el acto solicitado y la producción de la misma (6).

La existencia de la muerte intervenida

Una situación que merece una consideración muy especial en relación con las llamadas formas pasivas de eutanasia ha resultado de la aparición en medicina del concepto del estado crítico de un paciente grave y la naturaleza de los métodos soporte vital (8).

El estado crítico de un paciente significa amenaza de muerte, reversibilidad esperable y transitoriedad posible y se define por la verificación en un paciente grave de la existencia actual o potencial de una alteración en la función de uno o varios órganos o sistemas, situación que compromete o comprometerá su supervivencia de no tomar rápidamente medidas activas sobre sus funciones vitales. Esencialmente se considera que es posible la reversibilidad del cuadro y que su presencia es un momento evolutivo probablemente transitorio, aunque ello siempre es predecible ni evaluable primariamente en cada paciente. Puede expresar toda una enfermedad aguda de rápido comienzo, síntomas severos y evolución breve, o presentarse en el contexto de una enfermedad crónica de curso progresivo y persistente de evolución durante un largo período. La determinación de la condición plena de irreversibilidad, en un paciente con una enfermedad letal de base, es frecuentemente complicada frente a una descompensación aguda, y deberá analizarse cuidadosamente de acuerdo al pronóstico general, la calidad de vida y las preferencias del paciente (8).

Este paciente en estado crítico debe ser trasladado a una unidad de terapia intensiva que por definición aloja a aquellos en quienes se estima requerirán el uso actual real o potencial de los procedimientos instrumentales asistenciales (mecánicos, electrónicos o farmacológicos), llamados de sostén o soporte vital que implican la sustitución, el reemplazo o el apoyo de funciones de órganos o sistemas cuya afectación ponga en peligro la vida. Actualmente el concepto de soporte vital se ha extendido a toda intervención médica, técnica, procedimiento o medicación que se administra a un paciente para retrasar e impedir el momento de la muerte, esté dicho tratamiento dirigido o no a la enfermedad de base o al proceso biológico causal (14).

El reemplazo o la sustitución de funciones vitales aplicables en situaciones críticas para posibilitar la recuperación de las mismas, permite la opción de no aplicar, utilizar o suspender estos procedimientos, según la evolución de la enfermedad que aqueja al paciente. La amenaza de muerte existe por definición en el paciente crítico y en el análisis de la conducta médica no se atenderá con exclusividad a la consecuencia ni deberá prevalecer necesariamente la visualización de la muerte como el resultado de la misma (6) (8) (15).

El análisis filosófico y ético del dejar morir aplicado a las omisiones y formas pasivas no puede obviar la observación crítica que implica asumir las expresiones “dejar morir pudiendo evitarlo” y “el médico lejos de no hacer nada deja morir al paciente”. No se trata de discutir aquí si una actitud médica es una omisión o una acción para calificarla moralmente porque creemos que debe acordarse que se trata de una acción “no poner” un respirador o “retirarlo” o incluso “decidir no efectuar” una resucitación cardiopulmonar ante un paro cardíaco. En este punto es donde se percibe claramente que no puede obviarse la existencia en el paciente de una enfermedad mortal, no sólo porque matará finalmente al paciente, sino por que las expresiones derivadas del dejar morir implican creer o juzgar implícitamente que esa muerte puede ser eventualmente evitada (6)(8)(15). Esta presunción errónea y fatal sólo puede considerarse como un ejemplo de la omnipotencia del hombre en general y de la medicina en particular respecto de que la muerte siempre podría evitarse o que la atención de los signos vitales debe preceder siempre a la muerte aunque sea como un ritual simbólico de la lucha por la vida eterna.

La aceptación de la existencia de las opciones activa-pasiva, acción-omisión y matardejar morir en el enfermo crítico imposibilita examinar la situación desde el marco enfermedad-muerte. El médico puede evitar la muerte con un tratamiento curativo, cuando éste es posible, pero no debe mantener los signos vitales cuando la muerte es la única alternativa posible que se expresa necesariamente por la desaparición de esos signos, precisamente llamados vitales. En estos casos el retiro voluntario de un respirador mecánico o de un medicamento vasopresor se efectúa en efecto para permitir la muerte como resultado de estas acciones (omisiones) médicas. El vínculo entre el soporte vital y la muerte está establecido por definición y precisamente la muerte intervenida comprende todas aquellas situaciones en que la abstención o retiro de algún método de soporte vital se constituye en un límite en el tratamiento vinculado con la producción de la muerte cardiorrespiratoria tradicional (15).

La llegada de la muerte que acontece en el paciente crítico (que por definición tiene una amenaza de muerte próxima) se debe plantear desde el concepto actual de muerte intervenida y no de muerte natural (15). La imperiosa necesidad del establecimiento de un límite en la atención médica cuando el paciente está sometido a algún método de soporte vital o eventualmente puede estarlo ha llevado el debate ético al punto crucial de examinar la vinculación entre la muerte y el soporte vital en el marco del permitir morir. El manejo de la muerte, cuando existen situaciones en que el imperativo tecnológico conduce fácilmente al encarnizamiento terapéutico, no tiene como opción obligatoria el matar sino el permitir morir. La llegada de la muerte en el paciente crítico, con la intervención operativa e instrumental de la tecnología médica debe producirse con el conocimiento del paciente, con el acuerdo de la familia o de su representante cuando aquel sea incompetente o con la sola decisión médica cuando la consulta no fuera posible.

Es importante que se conozca la influencia que la limitación terapéutica del soporte vital tiene en las muertes ocurridas en los servicios de terapia intensiva y cómo ha aumentado su porcentaje de incidencia en la última década en todo el mundo (16). Actualmente la abstención y retiro del soporte vital precede a la muerte en terapia intensiva en porcentajes que oscilan entre el 45% y el 80 % de las muertes ocurridas en servicios correspondientes a países como EEUU (17), Canadá (18) y Europa (19). La amplitud de estas variaciones, que se extienden también a las diferencias existentes entre la incidencia de abstención o de retiro del soporte, están necesariamente vinculadas con la cultura del país y de cada comunidad.

Resultará claro entonces que la muerte intervenida no es eutanasia ni tiene nada que ver con ella. Matar no será una opción médica ni ética en la práctica médica que maneja soporte vital, sino un pedido explícito que el paciente podría hacer en los términos de las condiciones que impone la definición de eutanasia que nuevamente se propone en este trabajo (6).

Propuesta y conclusiones

Actualmente no resulta suficiente para el examen de cada caso el señalamiento efectuado por muchos autores respecto de las diferencias entre las formas activas y pasivas de eutanasia a pesar de la abundante argumentación metafísica, moral y médica (4)(5)(11)(20). Nos preguntamos entonces: ¿Cómo puntualizar la diferencia si no apelamos al modo explícito de provocar la muerte en la misma definición?

La inclusión en la definición de la modalidad operativa dispuesta para la producción de la muerte crea la diferencia cierta existente entre la probable consecuencia de la enfermedad preexistente (que es mortal) y la independencia que la administración de una droga o veneno a dosis mortal asegura en la producción de la muerte (6). Tampoco reconoce como eutanasia a las formas indirectas (en que es aplicable moralmente el principio del doble efecto). Finalmente se afirma la exigencia de la voluntariedad explícita (6).

La exclusión de la omisión dentro de la definición propuesta de eutanasia significa lisa y llanamente la eliminación de las llamadas formas pasivas. Resulta así muy cercana a la existente en la legislación holandesa y a la reciente propuesta de Alvarez del Rio (21), a la que se agrega no obstante la referencia a la provocación de la muerte y a que se efectúa en su propio beneficio. También desde antiguo, y en el ámbito del derecho, se han efectuado observaciones peligrosas que comparan “la administración de la eutanasia en dosis”, que quedan en la intimidad médica y sobre los que no habría que pedir cuentas, y “la eutanasia radical” (21) que permiten observar un desvío conceptual grave aún más hoy con una medicina invasiva y altamente tecnologizada que cuando fue efectuada esta observación.

La llegada de la muerte hoy no ocurre en general espontáneamente y su manejo requiere una modificación cultural importante de la sociedad. Por ello, hoy más que nunca resulta necesario establecer claramente las diferencias entre eutanasia y las otras situaciones que se presentan en la medicina crítica.

Si la eutanasia significa provocar la muerte de un paciente portador de una enfermedad mortal, a su requerimiento y en su propio beneficio, por medio de la administración de un tóxico o veneno en dosis mortal no existirá margen para la confusión conceptual ni operativa con prácticas médicas de uso habitual (muerte intervenida) ni con el derecho de los pacientes a rechazar un tratamiento, aunque la muerte fuera el resultado final en ambas situaciones (6)(15).

La eutanasia es una cuestión tan seria, conflictiva y moralmente discutible como para que no deba dejarse librada a interpretaciones ligadas a la opinión del observador, a las imprecisiones de los procedimientos o a la inseguridad en la evaluación de las consecuencias. Estos riesgos existirían cuando hubiera margen y espacio para la discusión de la causalidad de la muerte, su intencionalidad y la seguridad de su producción (6).

Tampoco ha resultado esclarecedor el surgimiento de una nueva terminología con relación a la buena práctica médica y a la eutanasia clásica (2)(10) Así el neologismo distanasia incluye el prefijo dis como expresión de deformación del proceso de la muerte lo que permitiría denominar como adistanasia a la no aplicación de todas las prácticas y procedimientos superfluos y excesivos que puedan provocar una muerte cruel y muy próxima al encarnizamiento terapéutico. También se ha introducido la palabra ortotanasia, cuyo prefijo orto sugiere normalidad, como muerte correcta y “a su tiempo”.

La terminología puede resultar perfecta pero su aplicabilidad a la realidad concreta resulta siempre dudosa e incierta. Con la definición que proponemos en este trabajo se trata de establecer un marco conceptual muy preciso para la eutanasia para evitar imprecisiones desaconsejables en el análisis de los conflictos que se presentan en el final de la vida (1)(7)(11) (22).

Con todos los avances disponibles en la medicina de hoy existe una conducta médica que será la de permitir morir en condiciones dignas que no impliquen dolor, desfiguración ni sufrimiento. Esta conducta, que no implicará abandono del paciente (como lo sugiere el “dejar morir”), puede comprender desde una analgesia suficiente y sedación profunda hasta la abstención o retiro de los métodos de soporte vital si se tratara de un paciente, que por sus características evolutivas críticas, estuviere sometido a toda la tecnología que hoy la medicina puede ofrecer. Esta actitud implicará hacer nuevas cosas, no hacer otras y hasta dejar de hacer algunas.

Una medicina digna, que va más allá de una muerte porque comprende a la vida misma que la incluye, indica que más medicina no es mejor medicina y que más acciones no son mejores acciones y que frente al imperativo tecnológico donde el esta siempre asegurado (hacer todo lo que se puede y ofrece) debe oponerse la racionalidad de lo posible. Los medios de la técnica ya se han legitimado tanto que con su presunta autonomía pretenden desprenderse de los fines, que en la medicina no es evitar la muerte sino promover el bienestar de las personas a través de la curación de la enfermedad, su prevención cuando fuera posible y, en toda circunstancia, procurar el alivio del dolor y del sufrimiento. Una sola condición resulta indispensable para la validez moral de esta conducta: la información y la decisión del paciente o de su representante, que tanto más fácil será cuanto más la sociedad en su conjunto conozca la realidad de los hechos.

Ninguna decisión médica deberá transformar estas acciones en “la obligación de morir” ni en “la obligación de vivir”. Como ha escrito Hans Jonas “El concepto de vida, no el de muerte, es el que rige el derecho a morir. Hemos vuelto al comienzo, donde hallamos el derecho a vivir como fuente de todos los derechos. Correcta y plenamente entendido, incluye también el derecho a morir” (23).

Bibliografía

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P.-S.

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